sábado, 12 de febrero de 2011

La vida manca apesta (en todos sus putos sentidos)

Hacerse la boluda no es tan difícil, salvo si te insistan tanto con algo. Así que acá estoy, se podría decir que casi a la fuerza, a la fuerza de la perseverancia de Lali, escribiendo, retomando todo lo que tenia que escribir y que las vacaciones y otros pormenores me lo impidieron.
Bien, nos quedamos en las vacaciones, no? Allí estaba, yéndome feliz a la playa con el perro en las rodillas y Agustincete durmiendo al lado. 
Quince días completos para no hacer nada. El problema es que yo no se no hacer nada. Y se hizo notar.
Lo note yo, Agustín, el perro y los loros de los arboles cuando mi muñeca derecha hizo Crak! y el medico de guardia de un hospital local me puso el yeso. Yeso en la mano derecha, si. Tal vez no se entienda la magnitud del asunto. Tampoco yo lo entendí en el momento. Me parecía onírico tener un yeso, jamas tuve uno.
Lo primero que le pregunte al doc fue, obviamente, si me podía rascar con un tenedor. Me dijo que no. Tuve un especie de verborragia mientras el trabajaba en mi brazo. Me dijo también, que era muy valiente, que era la primer persona que conocía que se quebraba y no lloraba, y yo, me infle como un gorrión de pocos días... hasta que me dijo que era ademas de valiente, insoportable. Mi ginecólogo dice lo mismo (demasiada información). 
El caso es que las vacaciones con un integrante de mas se volvieron insostenibles, así que saque un pasaje y el yeso, una caja de mi amigo el ibuprofeno y yo volvimos a Buenos Aires. El viaje fue molesto, obviamente. Molesto, doloroso y largo. Tan largo que llego el momento en que me trepaba en mi asiento 13 del lado de la ventanilla del piso de arriba, desesperada por, aunque sea, una pitada de un cigarrillo cualquiera. Fue entonces que disimule lo mas que pude, que no fue mucho porque se dificulta cualquier acción sigilosa con un bodoque blanco, tome un cigarrillo y mi encendedor rosa y baje al baño. Era totalmente asqueroso, pero vicios son vicios, me hice de tripas corazón y meche delante del inodoro mas meado que he visto en mi vida. Rezaba, rezaba para no morir de una contusión craneana mientras yo fumaba y el colectivo se zarandeaba, pero me salio mal, un minuto después de tirar el cigarrillo por la ventanilla intentan abrir la puerta del baño con un grito hilarante, los gritos fueron mas o menos así mientras el copiloto trataba a toda costa de abrir la puerta:
- No se puede fumar en el colectivo!!
- No estoy fumando!!
- Tira el cigarrillo por favor, y abrí la puerta!!
- No estoy fumando, para un poco!
(seguía tratando de tirar la puerta abajo)
- PODES ESPERAR DOS SEGUNDOS POR FAVOR!!!!!!??????
Junto valor y salgo. 

- Ey no podes fumar acá adentro...
- No estaba fumando...
- Pero mami, mira donde estas, pensaste que ibas a poder fumar sin que se sintiera?
- No me digas mami y no estaba fumando, mira como estoy idiota! (blandiendo el brazo)
No se que contesto, subí lo mas rápido que pude a que el espacio en que estaba materializado mi asiento me tragara. 

Nadie fue amable conmigo en Buenos Aires, tuve que buscar mis maletas y subirlas y bajarlas del remis, fue un momento cruel.
Una vez que llegue al departamento lo único que deseaba era una ducha fría y algo retrayente. Me encontré con el primer obstáculo que era que el yeso no se podía mojar y que yo sola no podía cubrirlo. Quise ordenar y tampoco pude, quise peinarme y tampoco funciono. Sentada en una silla en pleno silencio ese jueves a las cuatro de la tarde comprendí que la vida manca, efectivamente (y literalmente) apesta y que moriría de hambre y aburrimiento si no hacia algo al respecto, así que apenas una hora después de pisar tierra firme por primera vez en siete horas tome mi valija sin deshacer y me embarque rumbo al pueblo natal. 
Fue humillantemente retrospectivo ver a Padre cortando mi comida, abriendo mi gaseosa, tratando de peinarme y prepararme el brazo para que pueda bañarme. Tres días después el yeso seguía acaparando el protagonismo de mi vida y en una ciega pero decidida acción tome un bisturí y empece despacito, cuidándome de posibles cortaduras a romperlo. Una vez que logre hacer un tajo suficientemente grande para meter un dedo, me lo arranque con furia y ansias de libertad. A media labor me encontraba cuando sentí la puerta y la gigante sombra de Padre que llegaba en un momento de los mas inoportuno...
-¿Que mierda estas haciendo?
-No lo aguanto mas
-Sos una pelotuda, a ver, déjame que te lo saco.
Y si, es preferible un no-yeso que un yeso a medio poner... o sacar, como sea.
Celebro por Padre, por su amplitud de cerebro, por la poca importancia que le da a cualquier asunto no-veterinario y por la libertad del brazo. 
Así me libre, cinco días después del la desgraciada caída del bodoque blanco. 

A continuación una lista de diez cosas que uno no puede hacer o que se complican considerablemente cuando se quiebra la mano buena:
1- Es imposible peinarse, ni siquiera se permite un invisible (N de la A: clip o hebilla para los hombres que no entiendan).
2- Cortar la propia comida sin ayuda de nadie (Puede intentarse una dieta a base de tortilla de papas, pizza y pastas).
3- Depilar, enjabonar, poner desodorante o cualquier acción que se intente emprender en la axila izquierda.
4- Escribir, obviamente.
5- Usar la computadora (un yeso te eleva por lo menos cinco centímetros del mouse).
6- Alt + 64 se convierte en una combinación imposible.
7- Escribir mensajes de texto con agilidad.
8- Lavar platos, ropa o cualquier acción higiénica que requiera agua en las manos.
9- Planchar, atar cordones o cualquier acción que te haga lo suficientemente decente como para salir a la calle.
10- Y mi hobby preferido (leer y fumar) se vio retrasado lo suficiente como para posponerlo hasta mejores momentos.

La mano derecha le manda un especial saludo a Lali, nuestra secretaria, que se encargo de escribir cada cosa que quería leer en el futuro para que no se pasara de largo. Un abrazo de oso a Marialau, mi secretaria personal en todo momento literario.

Hasta el día de hoy sigo con una venda apretada que me "impide" mover la muñeca. No me lo impide mucho y tengo que acatar retos de diferentes identidades con respecto a la vida propia que el brazo ha tomado, pero he conseguido entre otras cosas, llegar al mouse.