miércoles, 18 de agosto de 2010

La densidad aplasta

Me rasco el cuello, miro por la ventana, vuelvo a apagar un cigarrillo que vio su fin hace mas de dos horas.
Me miro las uñas y no dejo de pensar "¿Porque me las comí?" y concluyo en que Agustincete tiene razón, el negro no es un lindo color de uñas.
El cielo se esta nublando de a poquito, lo se porque aproximadamente cada un minuto lo vigilo.
Reviso mi improvisada biblioteca y compruebo por décima vez que ya leí todo lo que tengo.
Me rasco la oreja, me pregunto cuanto saldrá el queso Cremon y donde puedo comprar bolsas para mi aspiradora, porque no se puede usar cualquiera, no.
Releo estas lineas y me desespero al ver que no puedo escribir nada mejor, entonces me arranco el rimmel seco que descansa en mis largas pestañas.
Podría ver una película o ponerme un saco y los auriculares e irme a caminar por ahí, sin rumbo fijo. 
Con la poca fuerza de voluntad que poseo, me controlo para no caminar lentamente como muerta al baño con tijera en mano a mutilar mi flequillo una vez mas.
En el único canal que puede distinguirse algo de mi televisor, muestra a Los Simpson envueltos en la fobia a volar de Marge... Dios, como la detesto.
Podría hacer una torta, tengo una Exquisita que grita por entrar al horno, pero rápido me acuerdo que soy la única persona que una torta en polvo le sale mal. Tan mal que tuve que tirar mi molde para torta.... con la preparación hecha una piedra adentro.


Un día totalmente libre, es demasiado

lunes, 2 de agosto de 2010

Decadencia intelectual

Cuando rondaba los 8 o 9 años, tenia como hobby leer el diccionario al son de las sinfonías de Beethoven, de esa forma me distraía de los pequeños ponys y elevaba mi mente de una manera inexplicable. Volaba en un mundo de colores donde palabras como dimensión, desenlace, isósceles, hilvanar, hipótesis, huraño, ideólogo,  hurgar o idiosincrasia giraban a mi alrededor en fuentes psicodélicas con la quinta sinfonía como soundtrack.
Disfrutaba curiosear por ahí y molestar hasta el hartazgo a las personas mayores que podrían enseñarme todas esas cosas que aun no sabia. Era una mente ávida y joven sin molestias, más que el diablo encarnado en mi hermana menor que me pegaba sin descanso cuando mis padres no estaban para vigilar la situación. Hasta mis Barbies tenían una cultura envidiable.
Todos decían que era increíblemente inteligente y perspicaz, que leía mejor que muchos universitarios que conocían y que eran extraordinarias las dimensiones en mis dibujos de infante. Era una showoman. Así se desarrollo toda la primaria.
Para la secundaria las malas juntas comenzaron a hacer eco en mis notas y fue cuestión de un cuatrimestre descuidado para que nunca más pudiera aprobar una materia en un mes que no sea diciembre, o en el peor de los casos, febrero.
Camine por la cuerda floja de la repetición los tres años que duro el polimodal, hasta podría decir cuatro, gracias a Lili Oliva que no daba el brazo a torcer cuando hablábamos de antropología, por el solo hecho de que yo era rubia y ella morocha y yo tenia rulos y ella pelo lacio. Y no estoy exagerando, si alguien le pregunta porque no daba bien una lección antropológica, ella va a dar esta misma explicación.
Cuando me toco irme de mi casa rumbo a una carrera universitaria, me arrebate en el camino y preferí el fácil camino del año sabático. Así se fue uno.
El segundo año, me anote en la facultad, dispuesta a ser organizada, responsable y estudiosa, no faltar a clases y prestar atención y no jugar al ahorcado con algún compañero de banco.
Y así iba a ser, hasta que me cruce con un grupo de gente increíble con quien compartí más momentos de ocio que de estudio. Debo admitir también que además de ser increíbles personas, eran increíblemente inteligentes, pues todo aprobaron, menos yo.
El tercer año, a pesar del fracaso anterior duro poco: solo me quedaban materias teóricas y viendo que no eran lo mío, decidí apartarlas de mi vida hasta saber que hacer con ellas. La única que seguí fue una practica, donde me encontré con otro grupo de personas, de las cuales, los jefes de cátedra al verme tan patéticamente desorientada, decidieron adoptarme como hija ilegitima, ese fue mi pase a aprobar, ya que lo hacia sin presentar trabajaos, pero al tiempo tuve que rendirme a las evidencias y entender que eso no era lo mío.
Decidí dar el examen de ingreso a una materia puramente teórica, pero como no estudie para dicho examen, deje todo en manos de Buda, quien decidiría si ese seria mi camino a seguir.
Parece que si, porque aprobé y acá estoy. Bah, casi.
Una materia la deje dos clases antes del final, lo cual fue muy estupido, porque si lo hubiese decidido antes, no me habría levantado los viernes a las siete de la mañana y tendría fines de semana largos todo el cuatrimestre. Otra materia, la dedique exclusivamente a criticar al profesor en voz baja, a llevar carteras tan chiquitas donde mi cuaderno no entraba y a organizar mi vida en listas individuales sin sentido. En taller de redacción me iba tan bien que los profesores tenían que pedir que baje la mano y deje hablar a alguien más, al mejor estilo Lisa Simpson; promocione, esta de más decirlo.
Y la otra materia que falta, bueno, aprobé el primer parcial valla uno a saber como, trastabille en el segundo y en el recuperatorio me fue peor que en el original. Decidí darla libre, a pesar de que sabia que no iba a estudiar.
Pero entre una cosa y otra termine viajando a la casa de mi novio con una mochila llena de ropa y unos apuntes llenos de dudas. Yo no se quien me puso en el camino a este chico que no solo logro que haga bien los resúmenes, sino que logro que entienda una materia entera. Me tomo lección repetidas veces y me ayudo con técnicas de memoria, como por ejemplo “Acordate que mi tía se llama Norma” (por cierto amor, me ayudo mucho, pensé en vos cada vez que la escribía).
Una vez en casa, a un día y medio del parcial libre, escribí y reescribí los apuntes, los dije en voz alta, voz baja y en sordomudo. Le impedí a Padre que se valla a acostar antes de que dijera todo a la perfección y lo desperté de la siesta para darle una pasada general propiamente dicha.
Me vestí de nerd: me puse una camisa, un swetter escote en V, un Jean y zapatillas a tono y los anteojos de descanso para darle el toque final. No me pinte las ojeras ni me planche el flequillo. Supuse que quien es enteramente responsable tiene un atuendo horrible, y mientras mi autoestima decaía, mi optimismo me decía que no era imposible sacar un 4.
Así me dirigí nerviosa a la facultad a repetir las palabras que por primera vez en mi vida había estudiado.
Cuando llego el profesor me dicto las preguntas, no sin antes controlar el disimulado ataque de pánico que me estaba dando. Sonreí porque creía que sabía todo. Me senté y comencé a escribir hoja por hoja todo lo que sabía, con auriculares en las orejas porque el que estaba dando oral me distraía, aunque tenía las mismas preguntas que yo. Deben haber hecho una excepción, no creo que todos hayan hecho un examen con grandes auriculares en las orejas.
Me sentí segura y capaz… hasta que le entregue mi hoja. Me empezó a hacer correcciones sobre lo incompleto y desatinado que estaban algunas respuestas y concluyo con un “No te puedo aprobar libre con esto”. Yo conteniendo las lagrimas y mordiéndome los labios le dije que no había ningún problema, que mejor suerte tendría el año que viene.

Claro que había un problema, este hombre no se dio cuenta que estudie por primera vez en mi vida.