lunes, 12 de octubre de 2009

"El San Juanino, Parte Tres"

Oficializando el gusto

Ese lunes tarde una hora para vestirme, media para maquillarme y otra media para peinarme. Un total de dos horas de preparación. Cuando salí del departamento, ya estaba disconforme con el resultado.
No camine, corrí a la parada del 107. Lo esperaba balanceándome, como me balanceo cada vez que escucho el himno. Llego, me subí, me senté y espere. Espere impaciente que llegáramos a Belgrano. Espere impaciente que subiera una larga fila de personas, mientras buscaba su cara.
No, no iba a ir jamas en ese colectivo.

Llegue a la facultad y empezó mi maratón: corrí al aula a dejar las cosas, a contar la versión corta de lo que había pasado, a perfumarme un poco y a pedir que me guarden un lugar.
Corrí de nuevo a la entrada. Yo sabia mas o menos por donde cursaba, obviamente en la otra punta, donde también tenían sus baños y sus kioscos. Si me lo perdía en la entrada no había lugar donde pudiera encontrarlo.

Mientras miraba en puntas de pie a todo aquel que bajaba las escaleras, se acerca Santi, un muy buen amigo, a ver que hacia tan ridículamente semi trepada a una pared. Le explique rápidamente y antes de pedirle que por favor se valla y me deje sola, lo veo.
Lo veo mirando, mirando las escaleras, igual que yo. Me ve en un pequeño lapso de tiempo que dirigió su vista al frente. Sonrió, yo mire para otro lado.

Camino derecho y doblo en MI kiosco. Picaron, no tenias motivos para ir ahí, vos tenes el tuyo propio.
Mientras el miraba y los demás se colaban, yo intentaba coordinar lo incoordinable: que Santi se quede conmigo hasta el instante justo que el termine su compra.

Cuando lo vi pagar, lo despache a Santiago. "Andate! andate rápido, después te explico! Por favor..." (carita suplicante de víctima y fin del mundo). Santi se fue anonadado por el indisimulable crecimiento de mi desequilibrio mental.

El Sanjuanino se acerco y grito "Ey!!", ese "ey" universal que usamos cuando queremos hacer de cuenta que acabamos de ver a alguien.
Nos reímos, nos mirábamos y nos reíamos. No podíamos disimular lo que pasaba. El sabia que yo estaba ahí por el y yo sabia que el estaba ahí por mi. El sentimiento es inexplicable.
A las 10 de la mañana, quince minutos después de comenzar nuestro segundo encuentro oficial, lo terminamos a causa de su personalidad nerd y la falta de invitación de faltar a clases.

Cada uno siguió por su lado, el mirando, yo sin tropezar.
Nunca una mañana tuvo tantas sonrisas juntas.

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